lunes, 14 de julio de 2014

El fútbol no es un juego.

Si el fútbol fuera un juego, nada alrededor del mismo podría ser cuestionable.
Sería tan sólo un entretenimiento, y nadie sería tan estúpido como para atacar una inocente distracción lúdica. Nada hay de insalubre en la diversión (al contrario), tampoco en el entretenimiento, ni en la distracción.
Por nuestra parte, no encontramos nada censurable en que una persona se entretenga con un partido de fútbol; no obstante, el hecho de que millones de personas aparenten elegir el mismo partido de fútbol como único entretenimiento posible, puede parecer sospechoso.
Más sospechoso aún resulta que los noticiarios televisivos y periódicos dediquen al menos un tercio de su tiempo y espacio al fútbol.
Muchísimo más sospechoso resulta que ciertos partidos de fútbol sean verdaderos “actos oficiales” a los que asisten jefes de estado, primeros ministros y familias reales.
Pero, en verdad, lo que supone ser delatador es comprobar la brutal huella que ha dejado el fútbol en la sociedad moderna, la función que aquel tiene en esta, y la cantidad de energía que moviliza algo en apariencia tan inocente como un juego.
He aquí la primera declaración:

Todo lo aquí expuesto está lejos de ser un juego.
Y al referirse al aspecto oculto del fútbol, no vamos a aludir a lo sucio que por ser sucio no deja de ser ampliamente conocido. Resulta famosa y asumida como algo habitual, la costumbre europea de utilizar el fútbol como una forma de blanquear dinero, bien de grandes grupos constructores, bien de personalidades relacionadas con el tráfico de drogas y otros negocios ilícitos.
Que el deporte en general – y el fútbol en particular – sean lavadoras de capital, lo sabe todo el mundo, y si alguien tiene alguna duda ahí están los sacos rotos de Silvio Berlusconi en 1995,Jesús Gil en 2002, y más recientemente los casos de Kia Joorabchian, Alexandre Martins, Reinaldo Pitta, o las conocidas relaciones con la mafia de Roman Abramovich.
La cara oculta del fútbol tampoco es el hecho ya divulgado de que la organización internacional que administra este deporte (La FIFA) esté carcomida por la corrupción, así como el periodista Andrew Jennings denunció.
Tampoco lo es la archiconocida dependencia del fútbol con las grandes multinacionales textiles deportivas que manufacturan sus productos en estados-taller con los que pactan condiciones infrahumanas para sus trabajadores.
Nada de esto resulta ser el aspecto oculto del fútbol, sólo parte de su cloaca, bien asumida, bien disimulada, bien perfumada, pero por todos conocida.
Brasil mundial 2

Hay una presencia más oscura y más cotidiana del fútbol, y por eso mismo más imperceptible:
  • la función que desempeña el fútbol en la ingeniería social del Nuevo Orden Mundial.
  • la impactante influencia del fútbol en todos los aspectos de la sociedad moderna
  • la utilización del fútbol como potente herramienta con la que el mass-media hace su trabajo de control mental e hipnosis de masas
Esta importancia del fútbol va más allá de la función del clásico “circenses” para el pueblo o, al menos, nunca antes ninguna fuerza imperial dispuso de los potentísimos medios de los que se sirve este moderno coliseo global.
Todos los grandes grupos de mass-media tienen dos prensas especializadas que nunca faltan como periódicos de tirada regular:
  • el económico
  • el deportivo
Si este gran grupo es europeo, ya sabemos a lo que dedica más de un tercio de su trabajo: ¡a informar sobre fútbol!
Por supuesto, nada de esto es casual, ni es fruto de un noble amor por el deporte. El interés que hace del deporte – y del fútbol – lo que es, es poder desarrollar una plataforma de manipulación social sólo comparable en Europa.
brasil mundial

En el caso concreto del fútbol, las principales funciones que desempeña en esta ingeniería social se pueden dividir en los siguientes tres puntos:
  • Función 1

    A través del fútbol, se fijan e imponen los modelos filosóficos, comportamentales, estéticos (e incluso, de pura peluquería) que aspiran a ser aplicables a todas las razas, condiciones y edades de la nueva sociedad moderna.
    Así, el futbolista de élite se presenta como un moderno Aquiles de plástico y gomina, un héroe vaciado de heroísmo que se convierte en un mero maniquí del perfecto triunfador global, una deidad invertida llevada al panteón publicitario de la moda pasajera.
    No hay nadie en Europa tan socialmente valorado como un futbolista de élite: se trata de alguien conocido por muchas personas, que gana mucho dinero marcando muchos goles y ganando muchos partidos; se trata de un auténtico “campeón de la cantidad”.
    El objetivo final de esta figura sería integrarla en la cultura pop y todo el abanico publicitario.
    El primer ejemplo triunfante de este completo modelo global fue David Beckham; tras este triunfo, le siguieron muchos otros como Freddie Ljungberg, Thierry Henry o Cristiano Ronaldo, todas figuras perfiladas en la Barclays Premier League inglesa.
    Sin embargo, si estos iconos comportamentales son de utilidad en la ingeniería social europea, lo son muchísimo más en las sociedades llamadas “tercermundistas”.
    Si en los “países desarrollados”, los modelos impuestos son potentes influencias comportamentales y la juventud los imita, en los países más pobres el modelo del futbolista se convierte en la única oportunidad de “integración social” para millones de niños y adolescentes.
    Poco importa el hecho de que esta oportunidad sea una ilusión, y que sólo un porcentaje residual tenga acceso a una mínima profesionalidad como futbolista.
    Este es el único sueño impuesto a chavales de la África rural, el extrarradio porteño o la favela brasileña. Su situación desesperada de acorralamiento hace que se depositen todas las energías en la única vía de escape concebible.
    En esta situación, es donde la FIFA, a través de su proyecto “Goal”, trabaja en enternecedoras campañas filantrópicas en las que se regalan a las poblaciones más pobres, pelotitas de fútbol y camisetas firmadas por el astro de turno.
    Esta misma filantropía es la que ocultan proyectos caritativos de corporaciones deportivas en África, así como el patrocinio de clubes de fútbol por parte de potentes ONGs y plataformas de las Naciones Unidas como UNICEF.
    Todo busca un objetivo: esperanzar ilusoriamente con los encantos del prestigio social del futbolista de élite.
    Se trata de imponer una única vía de supervivencia: una vía que saca de una miseria para llevar a otra miseria diferente, una vía que permite pasar de la desnutrición a las mansiones grotescas, los coches deportivos de lujo, y la prostitución de altostanding. Se entenderá fácilmente que todo este entramado sólo genera (a unos y a otros, tanto al individuo como socialmente) un único sentimiento: frustración.
    Esta frustración resultará clave para la función que exponemos en el siguiente punto.

  • Función 2

    Otra función que el fútbol desempeña, esta con respecto al aficionado, es una bien reconocible:
La canalización de la tensión nerviosa hacia una actividad estéril.
Así, a través de los medios de comunicación, todo el descontento, la insatisfacción y la rebeldía que podrían motivar un cuestionamiento crítico por parte del individuo, van destinados a la afición futbolística.
Se entenderá así porqué los más fervientes aficionados al fútbol son los individuos más alejados de cualquier práctica deportiva. La energía destructiva generada en el individuo por la vida moderna, es condensada en “noventa minutos de odio”.
Durante ese tiempo, el pacífico ciudadano puede insultar, juzgar, reclamar, patalear y criticar a su antojo, siempre dentro del contexto ad hoc: el fútbol.
Así, la agresividad no es en ningún caso sublimada, muy por el contrario, sólo es concentrada y dirigida hacia una pasión yerma y absurda.
Resulta natural que al pretender controlar y manipular la energía nerviosa de la masa de semejante forma, muchas veces el fútbol acabe en episodios de violencia.
Ésta es la estructura de la pasión futbolística, que a su vez desempeña una tercera función en la ingeniería social del Nuevo Orden Mundial.
  • Función 3

    La afición al fútbol de clubes, el pertenecer a un equipo, el “sentir los colores” supone ser un ejercicio devocional cuanto menos curioso:
Se trata de apoyar sentimentalmente a un colectivo sin ideología, sin ninguna base de cohesión intelectual, sin ninguna identidad natural, que no representa ya a ninguna raza, pueblo o ciudad, que no está unido por valor común alguno, y que sólo tienen una única finalidad bien explícita: la victoria consistente en superar al rival en un parcial numérico.

El fanatismo por un club de fútbol cualquiera tiene su calco en el mundo empresarial: el fanatismo corporativista. Este reflejo puede confundirse completamente cuando se ve a algunos clubes cotizando en bolsa.Un hincha de un equipo cualquiera y un perfecto trabajador corporativista aspiran a la misma cosa:

Participar en el éxito (bien en forma de goleada, bien en forma de beneficio económico) de una entidad que les es ajena personalmente, a la cual pertenecen desde un anonimato numérico

Y esa es la tercera función que desempeña el fútbol en el Nuevo Orden Mundial:

Entrenar a la población en el fervor descerebrado, en la devoción mística del cordero, en la lealtad del rebaño, es decir, en el fanatismo corporativista.